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Hanasaki, el sistema japonés de 9 pilares para vivir más y mejor

27 de marzo de 2025


Vivir más no basta. Aprende qué es y cómo aplicar el método Hanasaki, el camino japonés hacia una vida plena, consciente y con propósito.

Japón es reconocido por tener una de las poblaciones más longevas del mundo. Pero más allá de los números, lo que realmente llama la atención es cómo muchas personas llegan a edades avanzadas con buena salud, lucidez y una actitud serena frente a la vida. Esto no ocurre por casualidad: es el resultado de una cultura que ha sabido integrar hábitos conscientes en lo cotidiano.

Dentro de esa sabiduría de vida surge el sistema Hanasaki, un enfoque que reúne nueve pilares esenciales para vivir con más equilibrio, sentido y bienestar. Sus enseñanzas son universales y pueden adaptarse a cualquier persona que busque sentirse más en paz consigo misma. Aquí no se trata de fórmulas mágicas ni de frases motivadoras vacías, sino de hábitos simples que, con constancia, pueden transformar tu día a día. Si te resuena esta idea, te invitamos a descubrir de qué se trata.

Índice

    ¿Qué es el sistema Hanasaki?

    El sistema Hanasaki es un método creado por el autor Marcos Cartagena, inspirado en los hábitos y principios que sostienen la longevidad y el bienestar en Japón. Su propuesta surge tras un profundo análisis de la cultura del país del sol naciente, especialmente en Okinawa, una región reconocida como una de las cinco zonas azules del mundo: lugares donde las personas viven más y con mejor calidad de vida.

    En Okinawa, el envejecimiento no se asocia al deterioro. Muchas personas superan los cien años manteniéndose activas, con buena salud física y mental. Enfermedades crónicas —como la diabetes o el cáncer— tienen una incidencia baja, el suicidio es casi inexistente y el concepto de «jubilación» no forma parte del lenguaje cotidiano. Quienes llegan a edades avanzadas lo hacen con autonomía y propósito, disfrutando de una vida que sigue teniendo sentido hasta el final.

    A partir de estas observaciones, Cartagena identificó nueve pilares fundamentales que explican ese estilo de vida pleno. Estos están relacionados con aspectos como la conexión con la naturaleza, la paz interior, el cuidado de la salud, una actitud positiva ante la vida, la simplicidad, la mejora continua (kaizen), el propósito vital (ikigai), las relaciones humanas y los principios éticos.

    El término Hanasaki proviene de la combinación de dos caracteres japoneses: 花 (hana), que significa «flor», y 咲 (saki), que se traduce como «que florece». En conjunto, simboliza el florecimiento personal, es decir, el desarrollo de una vida consciente, equilibrada y llena de significado. Este método no solo propone vivir más, sino mejor, cultivando cada día lo que nos hace sentir vivos.

    ¿Cuáles son los 9 pilares del sistema Hanasaki?

    Las claves de este sistema tienen el propósito de transitar un camino para vivir una vida plena, mediante la conjugación de prácticas japonesas que estimulan la longevidad y la felicidad. A continuación, precisamos sus características:

    1. Kaizen

    La palabra kaizen proviene de dos términos japoneses: kai, que significa «cambio», y zen, que se traduce como «bueno». Juntas, estas raíces dan forma a un concepto que se enfoca en generar cambios positivos y sostenibles en el tiempo.

    Este pilar del sistema Hanasaki está ligado a la mejora continua. Se trata de comprometerse con el crecimiento personal, con la intención de hacer las cosas un poco mejor cada vez, ya sea en el ámbito profesional, en nuestras relaciones o en la forma en que enfrentamos los desafíos diarios.

    La meta no es alcanzar la perfección de inmediato, sino mantener una actitud constante de evolución.

    Quienes practican el kaizen no se detienen a pensar en un límite para mejorar; por el contrario, entienden que siempre hay margen para crecer y aprender. La clave está en dar pequeños pasos de manera constante, en lugar de buscar grandes cambios de golpe.

    Aunque este principio es muy conocido en el mundo empresarial —en especial en compañías japonesas reconocidas por su eficiencia y precisión— su verdadero valor va más allá de lo laboral. Aplicado a la vida cotidiana, este pilar nos invita a revisar nuestras acciones, pensamientos y decisiones con una mentalidad abierta al cambio, orientada a construir una mejor versión de nosotros mismos, día tras día.

    Aplica el kaizen en tu vida

    Hay muchas formas de aplicar el kaizen para permanecer en continua mejora. A continuación, enumeraremos las que son las más importantes.

    1. Aprende de tus errores

    Equivocarse es parte natural del proceso de crecimiento, pero los errores, por sí solos, no enseñan nada. Para que realmente se transformen en oportunidades de aprendizaje, es necesario analizarlos con atención. La clave está en observar qué hicimos, qué salió diferente a lo esperado y por qué no logramos el resultado deseado.

    Este ejercicio de reflexión es una de las herramientas más poderosas que tenemos como seres humanos. Después de cada intento fallido, vale la pena detenerse, identificar los fallos y ajustar la estrategia. A través de este ciclo —acción, resultado, análisis y cambio— se genera una mejora constante.

    Incluso cuando se alcanza un objetivo, conviene preguntarse si existía una manera más eficiente o consciente de haber llegado a ese mismo punto. Esa actitud de evaluación continua es fundamental para el crecimiento personal y está directamente alineada con el espíritu del kaizen.

    Un error que no se revisa y del que no se aprende queda como un fracaso. En cambio, cuando se extraen lecciones valiosas y se introducen cambios para evitar repetirlo, ese error se convierte en un paso necesario hacia el progreso.

    2. Suaviza tus carencias

    Todos, sin excepción, cargamos con ciertos aspectos de nuestra personalidad que dificultan nuestro camino. A veces se manifiestan como reacciones impulsivas, inseguridades o patrones que se repiten y sabotean nuestros esfuerzos. Son como un lastre invisible que nos limita, afecta nuestras relaciones y entorpece la conquista de nuestros objetivos. Identificarlos es incómodo, pero también necesario si queremos avanzar hacia una vida más plena.

    Estas carencias no aparecen de la nada. Muchas veces son el resultado de experiencias tempranas, modelos familiares, contextos sociales o incluso predisposiciones genéticas. No es justo culparse por aquello que no elegimos ni pudimos evitar, pero sí es nuestra responsabilidad tomar conciencia y actuar si deseamos cambiar.

    Quizá no sea posible borrar del todo ciertas tendencias que llevamos dentro, pero sí podemos reducir su impacto al punto de que apenas interfieran en nuestra vida diaria. El primer paso es observarnos con honestidad: ¿qué rasgos nos generan conflicto?, ¿en qué momentos suelen aparecer?, ¿qué actitudes nos han alejado de lo que queremos lograr?

    Una buena práctica es responder preguntas como las siguientes:

    • ¿Qué aspectos de mi forma de ser me cuesta aceptar?
    • ¿Qué conflictos tienden a repetirse en mis relaciones y por qué?
    • ¿Qué me impide avanzar hacia lo que deseo?
    • ¿Qué episodios emocionales intensos se repiten y qué los detona?

    También puede ser útil pedir retroalimentación a personas cercanas. Eso sí, es importante aclarar que buscamos una opinión sincera, incluso si puede incomodarnos. La verdad, cuando se da con respeto, puede abrir puertas hacia el crecimiento.

    Una vez que tenemos más claridad sobre nuestras áreas de mejora, el trabajo comienza. No será rápido ni fácil. La personalidad se moldea a lo largo de los años, y modificar lo que ya está arraigado requiere constancia, paciencia y mucha compasión hacia uno mismo. Es como tallar una escultura en piedra: exige intención y esfuerzo continuo.

    Por eso, durante este proceso es fundamental dejar a un lado la culpa. Nadie llega a la adultez completamente formado por elección propia. Somos el resultado de múltiples influencias que escapaban de nuestro control. Sin embargo, ahora que somos conscientes, sí está en nuestras manos decidir qué hacer con ello. No somos culpables de cómo llegamos hasta aquí, pero sí seríamos responsables de no hacer nada por cambiar.

    3. Potencia tus fortalezas

    Una parte esencial del desarrollo personal es identificar lo que ya hacemos bien y enfocarnos en potenciarlo. En lugar de esforzarnos por ser buenos en todo o compararnos con los demás, el verdadero crecimiento ocurre cuando aceptamos quiénes somos y utilizamos nuestras habilidades como punto de partida.

    Reconocer nuestras fortalezas implica observar aquello que se nos da con naturalidad, que disfrutamos hacer y en lo que solemos obtener buenos resultados. Al invertir energía en fortalecer esas capacidades, no solo mejoramos nuestro rendimiento, sino que cultivamos un estilo propio, auténtico y difícil de replicar.

    Aprovechar lo que ya tenemos a favor puede marcar una gran diferencia en el camino hacia una vida más plena y alineada con nuestro propósito.

    4. Adquiere nuevas habilidades

    Aprender cosas nuevas no solo enriquece nuestra vida personal, sino que también nos vuelve más versátiles y preparados para adaptarnos a distintos escenarios. No se trata de intentar abarcarlo todo ni de convertirnos en expertos en cada tema. La clave está en construir un repertorio variado de habilidades que realmente nos resulten útiles o nos generen interés.

    Recuerda: la meta no es la perfección, sino aprender lo suficiente como para poder aplicar ese conocimiento en el momento adecuado. Por ejemplo, saber cómo arreglar una falla sencilla en casa puede ahorrarte tiempo, dinero y molestias. Lo mismo ocurre con habilidades prácticas, como cocinar, manejar herramientas digitales o incluso saber cómo organizar mejor tu día.

    Cada nueva destreza que sumas te acerca a una vida más autónoma, flexible y satisfactoria. Es una forma de crecer de manera constante, como propone el principio del kaizen: paso a paso, sin presión, pero con intención.

    5. Persigue el conocimiento

    La curiosidad es una cualidad innata en el ser humano. Desde la infancia sentimos el impulso de explorar, entender y aprender. Esta necesidad de saber ha sido clave en el desarrollo de nuestra historia y sigue siendo un motor fundamental para el crecimiento personal.

    El conocimiento alimenta la mente y nos permite expandir nuestra visión del mundo. Adoptar una actitud de aprendizaje continuo no significa memorizar datos sin sentido, sino mantener una mente abierta, hacer preguntas y buscar comprensión en aquello que nos rodea.

    En Japón, esta búsqueda de saber se vive con disciplina y profundidad. De hecho, existe un fuerte interés por comprender a fondo cualquier tema que se emprenda, lo que refleja una cultura que valora el conocimiento como herramienta para mejorar. Incorporar este enfoque en la vida diaria es una forma sencilla de crecer. Basta con leer, observar con atención o interesarse por nuevas ideas. Aprender algo cada día no solo enriquece nuestra mente, sino que fortalece nuestra capacidad para adaptarnos y evolucionar.

    6. Vive nuevas experiencias

    Cada experiencia que atravesamos moldea nuestra forma de pensar, sentir y actuar. No seríamos quienes somos hoy si hubiéramos habitado en un entorno diferente o tomado decisiones distintas. Las vivencias no solo influyen en nuestra personalidad, también impulsan nuestro desarrollo personal y amplían nuestra visión del mundo.

    La madurez no siempre llega con los años, sino con la variedad y profundidad de las experiencias que acumulamos. En este contexto, personas de la misma edad pueden tener niveles muy distintos de entendimiento, empatía y resiliencia, según lo que hayan vivido.

    Explorar nuevas situaciones, salir de la rutina y enfrentarse a lo desconocido son formas efectivas de crecer. Viajar, por ejemplo, es una de las maneras más enriquecedoras de adquirir experiencias en poco tiempo. Siempre que se haga con una actitud abierta, permite conocer otras formas de vida, cuestionar creencias y adoptar aprendizajes que transforman.

    2. Minimalismo

    El minimalismo es una filosofía de vida que propone enfocarse en lo esencial y soltar aquello que no aporta valor real. No se trata de vivir sin objetos ni renunciar a las comodidades, sino de aprender a elegir conscientemente lo que necesitamos y valorar lo que realmente usamos y apreciamos.

    Las posesiones materiales pueden hacernos la vida más cómoda, pero si basamos nuestra felicidad en acumularlas, es probable que sintamos una insatisfacción constante. El bienestar no está en lo que obtenemos, sino en la relación que tenemos con lo que ya forma parte de nuestra vida.

    Adoptar una mirada minimalista también implica aceptar que nada es permanente. Las cosas van y vienen, y aferrarnos a ellas solo genera ansiedad. Comprender esto nos permite vivir con mayor ligereza, apreciar más lo que tenemos y dejar de poner el foco en lo externo para empezar a cuidar lo interno. Al reducir el ruido de lo innecesario —en nuestras pertenencias, compromisos y pensamientos— ganamos claridad y espacio para aquello que de verdad importa.

    Aplica el minimalismo en tu vida

    No hace falta adoptar el minimalismo como un estilo de vida estricto para beneficiarte de él. Pequeños cambios en tu relación con lo material pueden ayudarte a vivir con más ligereza, claridad y bienestar. Se trata de tomar decisiones más conscientes sobre lo que posees, lo que consumes y cómo interactúas con tu entorno. Aquí tienes algunas acciones prácticas para comenzar:

    1. Haz limpieza en casa

    Revisa tus espacios con una nueva mirada. Es posible que encuentres objetos que antes creías importantes, pero que ahora reconoces como innecesarios. Para hacerlo de forma efectiva, ve habitación por habitación y no pases a la siguiente hasta terminar con la anterior. Al decidir qué conservar y qué descartar, hazte preguntas como:

    • ¿Lo he usado en los últimos dos años?
    • ¿Este objeto mejora mi vida de alguna manera?
    • ¿Me produce una sensación positiva cuando lo veo o lo uso?

    Si respondes «no» a una o más de estas interrogantes, es una señal clara de que ese objeto ya no tiene lugar en tu vida.

    2. Ve ligero de equipaje

    Aprender a moverte con menos también aplica cuando sales de casa. Empacar solo lo necesario te libera de cargas innecesarias, reduce el estrés y te enseña que puedes estar bien sin depender de tantas cosas. Esta práctica te ayuda a priorizar lo útil y a valorar más lo esencial.

    3. Compra menos y alquila más

    No todo lo que deseas necesitas tenerlo en propiedad. A menudo asociamos el disfrute con la posesión, pero alquilar puede ser una alternativa más práctica, económica y sostenible. Ya sea un coche, una herramienta o incluso una prenda para una ocasión especial, alquilar evita gastos innecesarios y responsabilidades asociadas al mantenimiento. Además, reduce el espacio que ocupan los objetos que apenas usas.

    En muchos casos, alquilar significa menos preocupaciones, menos acumulación y mayor libertad.

    4. Cuida lo que tienes

    El valor de un objeto también está en el uso responsable que hacemos de él. Si lo mantenemos en buen estado, no solo prolongamos su vida útil, sino que evitamos gastos y residuos innecesarios. Cuidar lo que ya tenemos es una forma simple pero poderosa de practicar el minimalismo y ahorrar tiempo, dinero y energía.

    5. Simplifica

    Menos no significa vacío; significa claridad. Reduce lo complejo, elimina lo que te abruma y quédate con lo que realmente importa. Esto puede aplicarse a tus objetos, tu rutina diaria, tus compromisos e incluso tus pensamientos. Al simplificar, haces espacio para lo que aporta valor y paz a tu vida.

    3. Paz interior

    La paz interior es un estado de equilibrio en el que la mente se mantiene serena y el cuerpo libre de tensión. Implica poder observar lo que sucede a nuestro alrededor sin dejarnos arrastrar por emociones desbordadas o reacciones impulsivas. Este nivel de calma interior permite tomar decisiones con mayor claridad, afrontar desafíos con más templanza y proteger nuestra salud emocional. Sin duda, es uno de los pilares fundamentales para vivir con bienestar y longevidad.

    Sin embargo, alcanzar y mantener esa paz no siempre es fácil. Existen factores que la amenazan constantemente y tres de los más frecuentes son el estrés, la mala gestión emocional y la preocupación excesiva.

    El estrés es una reacción natural del cuerpo ante lo que percibimos como un reto o amenaza. En niveles moderados, puede ayudarnos a reaccionar mejor ante ciertas situaciones. Pero cuando se vuelve crónico o desproporcionado, empieza a dañar nuestro organismo. Lo más preocupante es que hoy en día ese estrés no se activa solo en situaciones de peligro real, sino también frente a estímulos cotidianos: exceso de trabajo, tensiones familiares o presiones sociales. El cuerpo, al mantenerse en un estado de alerta constante, se desgasta como si funcionara a máxima velocidad sin descanso.

    Las emociones mal gestionadas también alteran nuestra paz mental. Toda emoción tiene una función: el miedo nos protege, la tristeza nos lleva a sanar, el placer nos invita a repetir lo que nos hace bien. Pero si no sabemos interpretarlas o regularlas, su intensidad puede volverse dañina. Una emoción desbordada y sostenida en el tiempo puede impactar tanto como el estrés, afectando tanto el cuerpo como la mente.

    La preocupación constante es otra gran fuente de malestar. Muchas veces dedicamos tiempo y energía a pensar en escenarios que nunca ocurren. Preocuparnos por adelantado nos deja atrapados en la incertidumbre, sin margen para actuar con claridad. Aprender a distinguir entre lo que podemos resolver y lo que escapa de nuestro control es clave para no agotar nuestros recursos mentales en vano. Como suele decirse: si puedes hacer algo, ocúpate. Si no puedes, suelta.

    Cultivar la paz interior no es aislarse del mundo, sino aprender a vivir en él con más conciencia y equilibrio. Se trata de identificar lo que nos roba serenidad, regular nuestras respuestas internas y recuperar el control sobre nuestro bienestar emocional.

    El camino hacia la paz interior

    Ahora que identificamos los principales factores que amenazan nuestra paz interior, es momento de dar un paso más: entender qué prácticas pueden ayudarnos a cultivarla y mantenerla en el día a día.

    1. Meditación

    La meditación es una práctica milenaria que ha acompañado al ser humano a lo largo de su historia y cuyos beneficios hoy cuentan con respaldo científico. A través de su práctica constante, se fortalece la capacidad de observar la mente, calmarla y entrenarla para dejar de divagar entre recuerdos del pasado y anticipaciones del futuro.

    Uno de sus grandes aportes es que ayuda a centrar la atención en el momento presente. La mente suele comportarse como un mono inquieto que salta de pensamiento en pensamiento. La meditación no pretende eliminar estos saltos, sino enseñarnos a observarlos sin juzgarlos y, poco a poco, a reducir su intensidad para vivir con mayor enfoque y claridad mental.

    2. Silencio

    Complementaria a la meditación, la práctica del silencio nos brinda un espacio valioso para reconectar con lo esencial. Al callar el ruido exterior, se abre la posibilidad de escuchar nuestro mundo interno. En muchos retiros de tradición budista, el silencio absoluto se mantiene durante días y, aunque al principio puede resultar incómodo, con el tiempo se convierte en una herramienta poderosa para calmar la mente y alcanzar un estado de serenidad profunda.

    Darse unos minutos diarios de silencio, sin distracciones, permite descansar de la sobreestimulación habitual y cultivar una mayor tranquilidad emocional.

    3. Momento presente

    Vivir en el presente es uno de los mayores desafíos en una vida acelerada. Es común que la mente se pierda entre lo que fue y lo que podría ser, lo que dificulta disfrutar y concentrarse en el ahora.

    Una forma sencilla de recuperarlo es mediante un ejercicio de atención plena. Cada vez que te descubras distraído, di en voz baja o mentalmente: «Estoy aquí y ahora». Luego, describe lo que está ocurriendo: lo que ves, lo que escuchas, lo que sientes. Por ejemplo, si estás corriendo en un parque, puedes enumerar: el viento en el rostro, el color de los árboles, los pasos sobre el suelo, el ritmo de tu respiración.

    Este ejercicio permite reconectar con lo real y poner freno a la dispersión mental. En lugar de vivir como si vieras una película mientras revisas el celular, comienzas a estar verdaderamente presente en tu propia historia.

    4. Relativizar

    No todo lo que nos ocurre es tan grave como creemos en un primer momento. Muchas veces, el sufrimiento se intensifica por la interpretación que hacemos de los hechos. La capacidad de relativizar consiste en mirar con más perspectiva lo que sucede y rebajar el impacto emocional negativo que ciertas situaciones provocan.

    Ante un contratiempo, puedes elegir entre enfocarte en lo que perdiste o valorar lo que aún tienes. Este cambio de mirada no elimina el problema, pero sí reduce el sufrimiento. No se trata de negar lo que duele, sino de entrenar la mente para ver que muchas veces las cosas podrían haber sido peores, y aun así seguimos de pie.

    Relativizar nos da libertad: la de no quedar atrapados por nuestras propias emociones.

    5. Piensa sencillo

    Marcos Cartagena expresa que, durante una visita al pueblo de Ogimi, en Okinawa, una de las zonas más longevas del mundo, surgió una enseñanza inesperada. Muchos de sus habitantes, pese a su avanzada edad y buena salud, no sabían explicar cómo lograban vivir tanto y tan bien. La respuesta era simple: no se complicaban. Cultivaban su huerta, realizaban sus tareas cotidianas y disfrutaban de los momentos con sus seres queridos. Allí se usa la palabra tegewa, que podría traducirse como «no lo hagas más difícil de lo que es». Esta filosofía invita a vivir con sencillez, a no enredarnos en pensamientos innecesarios y a resolver lo que se presenta con calma y sentido común.

    Pensar más sencillo no significa ignorar los problemas, sino abordarlos desde una mente más clara, menos agobiada y más centrada en lo esencial.

    4. Naturaleza

    Acercarnos a la naturaleza es mucho más que una pausa en la rutina: es una manera de volver a lo esencial. En medio de ciudades agitadas y entornos dominados por pantallas, recuperar el vínculo con lo natural nos ayuda a recordar quiénes somos y desde dónde venimos.

    Caminar entre árboles, sentir la tierra bajo los pies, respirar aire puro o solo observar el paisaje son acciones sencillas que pueden tener un impacto profundo. Estos momentos nos invitan a bajar el ritmo, calmar la mente y recuperar el equilibrio que a menudo perdemos en la vida diaria.

    No hace falta hacer grandes planes. Un paseo por un parque, cuidar una planta en casa o mirar el cielo unos minutos pueden bastar para despejar la mente y renovar el ánimo.

    5. Salud

    La salud es el pilar que sostiene nuestro bienestar general. Cuando el cuerpo funciona con armonía, tenemos mayor energía, claridad mental y capacidad para afrontar los retos diarios. Cuidarnos no es solo una cuestión física: es una decisión consciente de estar presentes y disponibles para todo lo que nos importa.

    Ser fuertes no implica alcanzar un ideal físico, sino desarrollar una base sólida que nos permita recuperarnos con facilidad y mantenernos activos a lo largo del tiempo. Esto se logra incorporando hábitos sostenibles, como una buena alimentación, ejercicio regular, descanso reparador y gestión emocional.

    Ignorar las señales de fatiga o malestar puede llevarnos al desgaste. En cambio, aprender a escucharnos y atender nuestras necesidades nos permite prevenir, adaptarnos y sostenernos con mayor estabilidad.

    El verdadero cuidado se construye desde lo diario: en lo que comemos, en cómo nos movemos, en cuánto nos permitimos pausar. Estar sanos no es un objetivo que se busca solo cuando algo falla, sino una forma de vivir con conciencia y respeto hacia uno mismo.

    6. Relaciones

    Los lazos cercanos con familia y amigos influyen directamente en nuestra estabilidad emocional. Son el sostén en los momentos difíciles y quienes comparten con nosotros los instantes más valiosos. Cuidar esos vínculos es clave para una vida con sentido. No se trata de estar rodeados de muchas personas, sino de compartir el tiempo con quienes nos nutren de manera emocional. Y para que esas relaciones crezcan de forma sana, es importante cultivar ciertas actitudes:

    • Sé agradecido. Valora lo que los demás hacen por ti, por mínimo que parezca. La gratitud genera cercanía y fortalece cualquier interacción.
    • Sonríe con autenticidad. Una sonrisa sincera tiene el poder de relajar, conectar y generar confianza de inmediato.
    • Preocúpate por los que quieres. Escucha, acompaña y haz sentir a los tuyos que pueden contar contigo. Estar presente marca la diferencia.
    • Sé tolerante. No todos piensan como tú, y está bien. La tolerancia es una forma de sabiduría que evita conflictos innecesarios.
    • Escucha de manera activa. No interrumpas, no acapares la palabra. Cuando escuchas de verdad, el otro se siente valorado.
    • Evita las apariencias. No necesitas demostrar constantemente tus logros. Quien te aprecia lo hace por lo que eres, no por lo que tienes.
    • Sé educado. La cortesía abre puertas. Ser amable y respetuoso nunca está de más y crea un ambiente más amable.
    • Sé generoso. Ya sea tiempo, atención o recursos, dar con generosidad crea una conexión más profunda y sincera.
    • No intentes agradar a todos. No encajarás con todo el mundo y eso es natural. Enfócate en quienes realmente suman a tu camino.
    • Sé asertivo. Decir «no» también es una forma de cuidarte. La asertividad te permite proteger tu bienestar sin herir a los demás.
    • Elige bien con quién te rodeas. Tu tiempo y energía son limitados. Invierte en quienes te hacen sentir bien y con quienes puedes ser tú misma.

    Cuando nuestros vínculos son sanos, la vida se siente más liviana. Rodearte de personas que te valoran y con quienes puedes crecer es una forma de bienestar que no se compra ni se improvisa: se construye cada día.

    De nuestras interacciones con amigos, familiares y desconocidos, surgen gran parte de la alegrías que experimentamos a lo largo de los años. Según Marcos Cartagena, las relaciones se pueden clasificar en dos grandes grupos: las relaciones personales y las relaciones en comunidad.

    7. Principios

    En la cultura japonesa, valores como el respeto, la humildad, la honestidad y la gratitud no son solo virtudes individuales, sino cimientos sobre los que se construye la convivencia. Aunque estos principios existen en muchas partes del mundo, en Japón se practican de forma más transversal, como parte del tejido social y no únicamente como una opción personal.

    Adoptar principios sólidos no implica rigidez, sino tener una brújula interna que guíe nuestras decisiones, incluso cuando nadie está mirando. Actuar con integridad, no por obligación ni por miedo a las consecuencias, sino porque creemos en lo correcto, es lo que da profundidad y coherencia a nuestra forma de vivir.

    Los principios universales son atemporales. No dependen de modas ni de contextos específicos. Cuando los integramos en nuestra vida diaria, nos ayudan a tomar mejores decisiones, fortalecer nuestras relaciones y sentirnos más en paz con nosotros mismos. Este pilar nos invita a vivir de forma más consciente y alineada con valores que trascienden el beneficio propio.

    8. Ikigai

    El ikigai es aquello que te impulsa a levantarte cada mañana con motivación. En Okinawa, muchas personas aseguran que tener claro este propósito influye en su bienestar y longevidad.

    Descubrirlo requiere introspección. Un buen punto de partida es hacerse tres preguntas clave: ¿qué disfrutas hacer?, ¿en qué destacas?, ¿qué puedes ofrecer a los demás? Cuando encuentras el cruce entre estas respuestas, comienzas a trazar tu camino. Nombrarlo y ponerlo en práctica es lo que permite que empiece a tomar forma en lo cotidiano.

    Cuando logras alinear eso que te mueve con tu trabajo o tus actividades principales, todo fluye con mayor naturalidad. No se trata solo de encontrar una pasión, sino de vivir desde ella.

    Eso sí, hay obstáculos frecuentes: distracciones, exceso de compromisos, ocio sin control o una mala organización del tiempo pueden hacer que pierdas el enfoque. Incluso algo tan simple como dormir más de lo necesario puede volverse una forma de evasión.

    No hay que esperar a tener todo resuelto para empezar. El mejor momento para buscar tu ikigai es ahora. Para Marcos Cartagena, fue una experiencia difícil la que lo llevó a descubrirlo y a partir de ahí desarrolló el sistema Hanasaki, como una guía para quienes también quieren vivir con intención y plenitud.

    9. Actitud

    Más allá de lo que nos sucede, lo que en realidad marca la diferencia es cómo decidimos enfrentarlo. La actitud es esa elección consciente que adoptamos frente a cada experiencia, ya sea favorable o desafiante.

    De acuerdo con Marcos Cartagena, este pilar no se trata de forzar una sonrisa ni de negar lo que duele, sino de posicionarnos de manera constructiva frente a las circunstancias. Tener una buena actitud no significa ser optimista todo el tiempo, sino desarrollar la capacidad de responder con entereza, flexibilidad y apertura.

    Cada situación trae consigo una oportunidad para decidir cómo reaccionar. En esa elección está la clave de nuestra satisfacción, resiliencia y bienestar emocional. La actitud es lo único que siempre está en nuestras manos, incluso cuando todo lo demás escapa a nuestro control.

    Cultivar una postura mental que favorezca el aprendizaje, la adaptación y la calma no solo mejora nuestras decisiones, sino que también transforma la forma en que vivimos. En definitiva, no se trata solo de lo que ocurre, sino de lo que hacemos con eso.

    Un sistema para ser feliz y vivir mejor

    El sistema Hanasaki no es una fórmula mágica ni un conjunto de reglas rígidas. Es una invitación a vivir con más intención, equilibrio y propósito. Cada uno de sus pilares ofrece herramientas concretas para fortalecer lo que somos y cómo nos relacionamos con el mundo.

    Al integrar estos principios en lo cotidiano, no solo cultivamos hábitos más sanos o vínculos más genuinos, sino que nos acercamos a una vida más alineada con lo que realmente importa. Una vida en la que cuerpo, mente y espíritu caminan en la misma dirección.

    No se trata de cambiarlo todo de golpe, sino de comenzar por lo posible: hacer espacio para lo esencial, cuidar de uno mismo, valorar a quienes nos rodean y buscar aquello que nos enciende por dentro. Porque cuando vivimos desde ese lugar, no solo vivimos más… vivimos mejor.

    Japón es reconocido por tener una de las poblaciones más longevas del mundo. Pero más allá de los números, lo que realmente llama la atención es cómo muchas personas llegan a edades avanzadas con buena salud, lucidez y una actitud serena frente a la vida. Esto no ocurre por casualidad: es el resultado de una cultura que ha sabido integrar hábitos conscientes en lo cotidiano.

    Dentro de esa sabiduría de vida surge el sistema Hanasaki, un enfoque que reúne nueve pilares esenciales para vivir con más equilibrio, sentido y bienestar. Sus enseñanzas son universales y pueden adaptarse a cualquier persona que busque sentirse más en paz consigo misma. Aquí no se trata de fórmulas mágicas ni de frases motivadoras vacías, sino de hábitos simples que, con constancia, pueden transformar tu día a día. Si te resuena esta idea, te invitamos a descubrir de qué se trata.

    ¿Qué es el sistema Hanasaki?

    El sistema Hanasaki es un método creado por el autor Marcos Cartagena, inspirado en los hábitos y principios que sostienen la longevidad y el bienestar en Japón. Su propuesta surge tras un profundo análisis de la cultura del país del sol naciente, especialmente en Okinawa, una región reconocida como una de las cinco zonas azules del mundo: lugares donde las personas viven más y con mejor calidad de vida.

    En Okinawa, el envejecimiento no se asocia al deterioro. Muchas personas superan los cien años manteniéndose activas, con buena salud física y mental. Enfermedades crónicas —como la diabetes o el cáncer— tienen una incidencia baja, el suicidio es casi inexistente y el concepto de «jubilación» no forma parte del lenguaje cotidiano. Quienes llegan a edades avanzadas lo hacen con autonomía y propósito, disfrutando de una vida que sigue teniendo sentido hasta el final.

    A partir de estas observaciones, Cartagena identificó nueve pilares fundamentales que explican ese estilo de vida pleno. Estos están relacionados con aspectos como la conexión con la naturaleza, la paz interior, el cuidado de la salud, una actitud positiva ante la vida, la simplicidad, la mejora continua (kaizen), el propósito vital (ikigai), las relaciones humanas y los principios éticos.

    El término Hanasaki proviene de la combinación de dos caracteres japoneses: 花 (hana), que significa «flor», y 咲 (saki), que se traduce como «que florece». En conjunto, simboliza el florecimiento personal, es decir, el desarrollo de una vida consciente, equilibrada y llena de significado. Este método no solo propone vivir más, sino mejor, cultivando cada día lo que nos hace sentir vivos.

    ¿Cuáles son los 9 pilares del sistema Hanasaki?

    Las claves de este sistema tienen el propósito de transitar un camino para vivir una vida plena, mediante la conjugación de prácticas japonesas que estimulan la longevidad y la felicidad. A continuación, precisamos sus características:

    1. Kaizen

    La palabra kaizen proviene de dos términos japoneses: kai, que significa «cambio», y zen, que se traduce como «bueno». Juntas, estas raíces dan forma a un concepto que se enfoca en generar cambios positivos y sostenibles en el tiempo.

    Este pilar del sistema Hanasaki está ligado a la mejora continua. Se trata de comprometerse con el crecimiento personal, con la intención de hacer las cosas un poco mejor cada vez, ya sea en el ámbito profesional, en nuestras relaciones o en la forma en que enfrentamos los desafíos diarios.

    La meta no es alcanzar la perfección de inmediato, sino mantener una actitud constante de evolución.

    Quienes practican el kaizen no se detienen a pensar en un límite para mejorar; por el contrario, entienden que siempre hay margen para crecer y aprender. La clave está en dar pequeños pasos de manera constante, en lugar de buscar grandes cambios de golpe.

    Aunque este principio es muy conocido en el mundo empresarial —en especial en compañías japonesas reconocidas por su eficiencia y precisión— su verdadero valor va más allá de lo laboral. Aplicado a la vida cotidiana, este pilar nos invita a revisar nuestras acciones, pensamientos y decisiones con una mentalidad abierta al cambio, orientada a construir una mejor versión de nosotros mismos, día tras día.

    Aplica el kaizen en tu vida

    Hay muchas formas de aplicar el kaizen para permanecer en continua mejora. A continuación, enumeraremos las que son las más importantes.

    1. Aprende de tus errores

    Equivocarse es parte natural del proceso de crecimiento, pero los errores, por sí solos, no enseñan nada. Para que realmente se transformen en oportunidades de aprendizaje, es necesario analizarlos con atención. La clave está en observar qué hicimos, qué salió diferente a lo esperado y por qué no logramos el resultado deseado.

    Este ejercicio de reflexión es una de las herramientas más poderosas que tenemos como seres humanos. Después de cada intento fallido, vale la pena detenerse, identificar los fallos y ajustar la estrategia. A través de este ciclo —acción, resultado, análisis y cambio— se genera una mejora constante.

    Incluso cuando se alcanza un objetivo, conviene preguntarse si existía una manera más eficiente o consciente de haber llegado a ese mismo punto. Esa actitud de evaluación continua es fundamental para el crecimiento personal y está directamente alineada con el espíritu del kaizen.

    Un error que no se revisa y del que no se aprende queda como un fracaso. En cambio, cuando se extraen lecciones valiosas y se introducen cambios para evitar repetirlo, ese error se convierte en un paso necesario hacia el progreso.

    2. Suaviza tus carencias

    Todos, sin excepción, cargamos con ciertos aspectos de nuestra personalidad que dificultan nuestro camino. A veces se manifiestan como reacciones impulsivas, inseguridades o patrones que se repiten y sabotean nuestros esfuerzos. Son como un lastre invisible que nos limita, afecta nuestras relaciones y entorpece la conquista de nuestros objetivos. Identificarlos es incómodo, pero también necesario si queremos avanzar hacia una vida más plena.

    Estas carencias no aparecen de la nada. Muchas veces son el resultado de experiencias tempranas, modelos familiares, contextos sociales o incluso predisposiciones genéticas. No es justo culparse por aquello que no elegimos ni pudimos evitar, pero sí es nuestra responsabilidad tomar conciencia y actuar si deseamos cambiar.

    Quizá no sea posible borrar del todo ciertas tendencias que llevamos dentro, pero sí podemos reducir su impacto al punto de que apenas interfieran en nuestra vida diaria. El primer paso es observarnos con honestidad: ¿qué rasgos nos generan conflicto?, ¿en qué momentos suelen aparecer?, ¿qué actitudes nos han alejado de lo que queremos lograr?

    Una buena práctica es responder preguntas como las siguientes:

    • ¿Qué aspectos de mi forma de ser me cuesta aceptar?
    • ¿Qué conflictos tienden a repetirse en mis relaciones y por qué?
    • ¿Qué me impide avanzar hacia lo que deseo?
    • ¿Qué episodios emocionales intensos se repiten y qué los detona?

    También puede ser útil pedir retroalimentación a personas cercanas. Eso sí, es importante aclarar que buscamos una opinión sincera, incluso si puede incomodarnos. La verdad, cuando se da con respeto, puede abrir puertas hacia el crecimiento.

    Una vez que tenemos más claridad sobre nuestras áreas de mejora, el trabajo comienza. No será rápido ni fácil. La personalidad se moldea a lo largo de los años, y modificar lo que ya está arraigado requiere constancia, paciencia y mucha compasión hacia uno mismo. Es como tallar una escultura en piedra: exige intención y esfuerzo continuo.

    Por eso, durante este proceso es fundamental dejar a un lado la culpa. Nadie llega a la adultez completamente formado por elección propia. Somos el resultado de múltiples influencias que escapaban de nuestro control. Sin embargo, ahora que somos conscientes, sí está en nuestras manos decidir qué hacer con ello. No somos culpables de cómo llegamos hasta aquí, pero sí seríamos responsables de no hacer nada por cambiar.

    3. Potencia tus fortalezas

    Una parte esencial del desarrollo personal es identificar lo que ya hacemos bien y enfocarnos en potenciarlo. En lugar de esforzarnos por ser buenos en todo o compararnos con los demás, el verdadero crecimiento ocurre cuando aceptamos quiénes somos y utilizamos nuestras habilidades como punto de partida.

    Reconocer nuestras fortalezas implica observar aquello que se nos da con naturalidad, que disfrutamos hacer y en lo que solemos obtener buenos resultados. Al invertir energía en fortalecer esas capacidades, no solo mejoramos nuestro rendimiento, sino que cultivamos un estilo propio, auténtico y difícil de replicar.

    Aprovechar lo que ya tenemos a favor puede marcar una gran diferencia en el camino hacia una vida más plena y alineada con nuestro propósito.

    4. Adquiere nuevas habilidades

    Aprender cosas nuevas no solo enriquece nuestra vida personal, sino que también nos vuelve más versátiles y preparados para adaptarnos a distintos escenarios. No se trata de intentar abarcarlo todo ni de convertirnos en expertos en cada tema. La clave está en construir un repertorio variado de habilidades que realmente nos resulten útiles o nos generen interés.

    Recuerda: la meta no es la perfección, sino aprender lo suficiente como para poder aplicar ese conocimiento en el momento adecuado. Por ejemplo, saber cómo arreglar una falla sencilla en casa puede ahorrarte tiempo, dinero y molestias. Lo mismo ocurre con habilidades prácticas, como cocinar, manejar herramientas digitales o incluso saber cómo organizar mejor tu día.

    Cada nueva destreza que sumas te acerca a una vida más autónoma, flexible y satisfactoria. Es una forma de crecer de manera constante, como propone el principio del kaizen: paso a paso, sin presión, pero con intención.

    5. Persigue el conocimiento

    La curiosidad es una cualidad innata en el ser humano. Desde la infancia sentimos el impulso de explorar, entender y aprender. Esta necesidad de saber ha sido clave en el desarrollo de nuestra historia y sigue siendo un motor fundamental para el crecimiento personal.

    El conocimiento alimenta la mente y nos permite expandir nuestra visión del mundo. Adoptar una actitud de aprendizaje continuo no significa memorizar datos sin sentido, sino mantener una mente abierta, hacer preguntas y buscar comprensión en aquello que nos rodea.

    En Japón, esta búsqueda de saber se vive con disciplina y profundidad. De hecho, existe un fuerte interés por comprender a fondo cualquier tema que se emprenda, lo que refleja una cultura que valora el conocimiento como herramienta para mejorar. Incorporar este enfoque en la vida diaria es una forma sencilla de crecer. Basta con leer, observar con atención o interesarse por nuevas ideas. Aprender algo cada día no solo enriquece nuestra mente, sino que fortalece nuestra capacidad para adaptarnos y evolucionar.

    6. Vive nuevas experiencias

    Cada experiencia que atravesamos moldea nuestra forma de pensar, sentir y actuar. No seríamos quienes somos hoy si hubiéramos habitado en un entorno diferente o tomado decisiones distintas. Las vivencias no solo influyen en nuestra personalidad, también impulsan nuestro desarrollo personal y amplían nuestra visión del mundo.

    La madurez no siempre llega con los años, sino con la variedad y profundidad de las experiencias que acumulamos. En este contexto, personas de la misma edad pueden tener niveles muy distintos de entendimiento, empatía y resiliencia, según lo que hayan vivido.

    Explorar nuevas situaciones, salir de la rutina y enfrentarse a lo desconocido son formas efectivas de crecer. Viajar, por ejemplo, es una de las maneras más enriquecedoras de adquirir experiencias en poco tiempo. Siempre que se haga con una actitud abierta, permite conocer otras formas de vida, cuestionar creencias y adoptar aprendizajes que transforman.

    2. Minimalismo

    El minimalismo es una filosofía de vida que propone enfocarse en lo esencial y soltar aquello que no aporta valor real. No se trata de vivir sin objetos ni renunciar a las comodidades, sino de aprender a elegir conscientemente lo que necesitamos y valorar lo que realmente usamos y apreciamos.

    Las posesiones materiales pueden hacernos la vida más cómoda, pero si basamos nuestra felicidad en acumularlas, es probable que sintamos una insatisfacción constante. El bienestar no está en lo que obtenemos, sino en la relación que tenemos con lo que ya forma parte de nuestra vida.

    Adoptar una mirada minimalista también implica aceptar que nada es permanente. Las cosas van y vienen, y aferrarnos a ellas solo genera ansiedad. Comprender esto nos permite vivir con mayor ligereza, apreciar más lo que tenemos y dejar de poner el foco en lo externo para empezar a cuidar lo interno. Al reducir el ruido de lo innecesario —en nuestras pertenencias, compromisos y pensamientos— ganamos claridad y espacio para aquello que de verdad importa.

    Aplica el minimalismo en tu vida

    No hace falta adoptar el minimalismo como un estilo de vida estricto para beneficiarte de él. Pequeños cambios en tu relación con lo material pueden ayudarte a vivir con más ligereza, claridad y bienestar. Se trata de tomar decisiones más conscientes sobre lo que posees, lo que consumes y cómo interactúas con tu entorno. Aquí tienes algunas acciones prácticas para comenzar:

    1. Haz limpieza en casa

    Revisa tus espacios con una nueva mirada. Es posible que encuentres objetos que antes creías importantes, pero que ahora reconoces como innecesarios. Para hacerlo de forma efectiva, ve habitación por habitación y no pases a la siguiente hasta terminar con la anterior. Al decidir qué conservar y qué descartar, hazte preguntas como:

    • ¿Lo he usado en los últimos dos años?
    • ¿Este objeto mejora mi vida de alguna manera?
    • ¿Me produce una sensación positiva cuando lo veo o lo uso?

    Si respondes «no» a una o más de estas interrogantes, es una señal clara de que ese objeto ya no tiene lugar en tu vida.

    2. Ve ligero de equipaje

    Aprender a moverte con menos también aplica cuando sales de casa. Empacar solo lo necesario te libera de cargas innecesarias, reduce el estrés y te enseña que puedes estar bien sin depender de tantas cosas. Esta práctica te ayuda a priorizar lo útil y a valorar más lo esencial.

    3. Compra menos y alquila más

    No todo lo que deseas necesitas tenerlo en propiedad. A menudo asociamos el disfrute con la posesión, pero alquilar puede ser una alternativa más práctica, económica y sostenible. Ya sea un coche, una herramienta o incluso una prenda para una ocasión especial, alquilar evita gastos innecesarios y responsabilidades asociadas al mantenimiento. Además, reduce el espacio que ocupan los objetos que apenas usas.

    En muchos casos, alquilar significa menos preocupaciones, menos acumulación y mayor libertad.

    4. Cuida lo que tienes

    El valor de un objeto también está en el uso responsable que hacemos de él. Si lo mantenemos en buen estado, no solo prolongamos su vida útil, sino que evitamos gastos y residuos innecesarios. Cuidar lo que ya tenemos es una forma simple pero poderosa de practicar el minimalismo y ahorrar tiempo, dinero y energía.

    5. Simplifica

    Menos no significa vacío; significa claridad. Reduce lo complejo, elimina lo que te abruma y quédate con lo que realmente importa. Esto puede aplicarse a tus objetos, tu rutina diaria, tus compromisos e incluso tus pensamientos. Al simplificar, haces espacio para lo que aporta valor y paz a tu vida.

    3. Paz interior

    La paz interior es un estado de equilibrio en el que la mente se mantiene serena y el cuerpo libre de tensión. Implica poder observar lo que sucede a nuestro alrededor sin dejarnos arrastrar por emociones desbordadas o reacciones impulsivas. Este nivel de calma interior permite tomar decisiones con mayor claridad, afrontar desafíos con más templanza y proteger nuestra salud emocional. Sin duda, es uno de los pilares fundamentales para vivir con bienestar y longevidad.

    Sin embargo, alcanzar y mantener esa paz no siempre es fácil. Existen factores que la amenazan constantemente y tres de los más frecuentes son el estrés, la mala gestión emocional y la preocupación excesiva.

    El estrés es una reacción natural del cuerpo ante lo que percibimos como un reto o amenaza. En niveles moderados, puede ayudarnos a reaccionar mejor ante ciertas situaciones. Pero cuando se vuelve crónico o desproporcionado, empieza a dañar nuestro organismo. Lo más preocupante es que hoy en día ese estrés no se activa solo en situaciones de peligro real, sino también frente a estímulos cotidianos: exceso de trabajo, tensiones familiares o presiones sociales. El cuerpo, al mantenerse en un estado de alerta constante, se desgasta como si funcionara a máxima velocidad sin descanso.

    Las emociones mal gestionadas también alteran nuestra paz mental. Toda emoción tiene una función: el miedo nos protege, la tristeza nos lleva a sanar, el placer nos invita a repetir lo que nos hace bien. Pero si no sabemos interpretarlas o regularlas, su intensidad puede volverse dañina. Una emoción desbordada y sostenida en el tiempo puede impactar tanto como el estrés, afectando tanto el cuerpo como la mente.

    La preocupación constante es otra gran fuente de malestar. Muchas veces dedicamos tiempo y energía a pensar en escenarios que nunca ocurren. Preocuparnos por adelantado nos deja atrapados en la incertidumbre, sin margen para actuar con claridad. Aprender a distinguir entre lo que podemos resolver y lo que escapa de nuestro control es clave para no agotar nuestros recursos mentales en vano. Como suele decirse: si puedes hacer algo, ocúpate. Si no puedes, suelta.

    Cultivar la paz interior no es aislarse del mundo, sino aprender a vivir en él con más conciencia y equilibrio. Se trata de identificar lo que nos roba serenidad, regular nuestras respuestas internas y recuperar el control sobre nuestro bienestar emocional.

    El camino hacia la paz interior

    Ahora que identificamos los principales factores que amenazan nuestra paz interior, es momento de dar un paso más: entender qué prácticas pueden ayudarnos a cultivarla y mantenerla en el día a día.

    1. Meditación

    La meditación es una práctica milenaria que ha acompañado al ser humano a lo largo de su historia y cuyos beneficios hoy cuentan con respaldo científico. A través de su práctica constante, se fortalece la capacidad de observar la mente, calmarla y entrenarla para dejar de divagar entre recuerdos del pasado y anticipaciones del futuro.

    Uno de sus grandes aportes es que ayuda a centrar la atención en el momento presente. La mente suele comportarse como un mono inquieto que salta de pensamiento en pensamiento. La meditación no pretende eliminar estos saltos, sino enseñarnos a observarlos sin juzgarlos y, poco a poco, a reducir su intensidad para vivir con mayor enfoque y claridad mental.

    2. Silencio

    Complementaria a la meditación, la práctica del silencio nos brinda un espacio valioso para reconectar con lo esencial. Al callar el ruido exterior, se abre la posibilidad de escuchar nuestro mundo interno. En muchos retiros de tradición budista, el silencio absoluto se mantiene durante días y, aunque al principio puede resultar incómodo, con el tiempo se convierte en una herramienta poderosa para calmar la mente y alcanzar un estado de serenidad profunda.

    Darse unos minutos diarios de silencio, sin distracciones, permite descansar de la sobreestimulación habitual y cultivar una mayor tranquilidad emocional.

    3. Momento presente

    Vivir en el presente es uno de los mayores desafíos en una vida acelerada. Es común que la mente se pierda entre lo que fue y lo que podría ser, lo que dificulta disfrutar y concentrarse en el ahora.

    Una forma sencilla de recuperarlo es mediante un ejercicio de atención plena. Cada vez que te descubras distraído, di en voz baja o mentalmente: «Estoy aquí y ahora». Luego, describe lo que está ocurriendo: lo que ves, lo que escuchas, lo que sientes. Por ejemplo, si estás corriendo en un parque, puedes enumerar: el viento en el rostro, el color de los árboles, los pasos sobre el suelo, el ritmo de tu respiración.

    Este ejercicio permite reconectar con lo real y poner freno a la dispersión mental. En lugar de vivir como si vieras una película mientras revisas el celular, comienzas a estar verdaderamente presente en tu propia historia.

    4. Relativizar

    No todo lo que nos ocurre es tan grave como creemos en un primer momento. Muchas veces, el sufrimiento se intensifica por la interpretación que hacemos de los hechos. La capacidad de relativizar consiste en mirar con más perspectiva lo que sucede y rebajar el impacto emocional negativo que ciertas situaciones provocan.

    Ante un contratiempo, puedes elegir entre enfocarte en lo que perdiste o valorar lo que aún tienes. Este cambio de mirada no elimina el problema, pero sí reduce el sufrimiento. No se trata de negar lo que duele, sino de entrenar la mente para ver que muchas veces las cosas podrían haber sido peores, y aun así seguimos de pie.

    Relativizar nos da libertad: la de no quedar atrapados por nuestras propias emociones.

    5. Piensa sencillo

    Marcos Cartagena expresa que, durante una visita al pueblo de Ogimi, en Okinawa, una de las zonas más longevas del mundo, surgió una enseñanza inesperada. Muchos de sus habitantes, pese a su avanzada edad y buena salud, no sabían explicar cómo lograban vivir tanto y tan bien. La respuesta era simple: no se complicaban. Cultivaban su huerta, realizaban sus tareas cotidianas y disfrutaban de los momentos con sus seres queridos. Allí se usa la palabra tegewa, que podría traducirse como «no lo hagas más difícil de lo que es». Esta filosofía invita a vivir con sencillez, a no enredarnos en pensamientos innecesarios y a resolver lo que se presenta con calma y sentido común.

    Pensar más sencillo no significa ignorar los problemas, sino abordarlos desde una mente más clara, menos agobiada y más centrada en lo esencial.

    4. Naturaleza

    Acercarnos a la naturaleza es mucho más que una pausa en la rutina: es una manera de volver a lo esencial. En medio de ciudades agitadas y entornos dominados por pantallas, recuperar el vínculo con lo natural nos ayuda a recordar quiénes somos y desde dónde venimos.

    Caminar entre árboles, sentir la tierra bajo los pies, respirar aire puro o solo observar el paisaje son acciones sencillas que pueden tener un impacto profundo. Estos momentos nos invitan a bajar el ritmo, calmar la mente y recuperar el equilibrio que a menudo perdemos en la vida diaria.

    No hace falta hacer grandes planes. Un paseo por un parque, cuidar una planta en casa o mirar el cielo unos minutos pueden bastar para despejar la mente y renovar el ánimo.

    5. Salud

    La salud es el pilar que sostiene nuestro bienestar general. Cuando el cuerpo funciona con armonía, tenemos mayor energía, claridad mental y capacidad para afrontar los retos diarios. Cuidarnos no es solo una cuestión física: es una decisión consciente de estar presentes y disponibles para todo lo que nos importa.

    Ser fuertes no implica alcanzar un ideal físico, sino desarrollar una base sólida que nos permita recuperarnos con facilidad y mantenernos activos a lo largo del tiempo. Esto se logra incorporando hábitos sostenibles, como una buena alimentación, ejercicio regular, descanso reparador y gestión emocional.

    Ignorar las señales de fatiga o malestar puede llevarnos al desgaste. En cambio, aprender a escucharnos y atender nuestras necesidades nos permite prevenir, adaptarnos y sostenernos con mayor estabilidad.

    El verdadero cuidado se construye desde lo diario: en lo que comemos, en cómo nos movemos, en cuánto nos permitimos pausar. Estar sanos no es un objetivo que se busca solo cuando algo falla, sino una forma de vivir con conciencia y respeto hacia uno mismo.

    6. Relaciones

    Los lazos cercanos con familia y amigos influyen directamente en nuestra estabilidad emocional. Son el sostén en los momentos difíciles y quienes comparten con nosotros los instantes más valiosos. Cuidar esos vínculos es clave para una vida con sentido. No se trata de estar rodeados de muchas personas, sino de compartir el tiempo con quienes nos nutren de manera emocional. Y para que esas relaciones crezcan de forma sana, es importante cultivar ciertas actitudes:

    • Sé agradecido. Valora lo que los demás hacen por ti, por mínimo que parezca. La gratitud genera cercanía y fortalece cualquier interacción.
    • Sonríe con autenticidad. Una sonrisa sincera tiene el poder de relajar, conectar y generar confianza de inmediato.
    • Preocúpate por los que quieres. Escucha, acompaña y haz sentir a los tuyos que pueden contar contigo. Estar presente marca la diferencia.
    • Sé tolerante. No todos piensan como tú, y está bien. La tolerancia es una forma de sabiduría que evita conflictos innecesarios.
    • Escucha de manera activa. No interrumpas, no acapares la palabra. Cuando escuchas de verdad, el otro se siente valorado.
    • Evita las apariencias. No necesitas demostrar constantemente tus logros. Quien te aprecia lo hace por lo que eres, no por lo que tienes.
    • Sé educado. La cortesía abre puertas. Ser amable y respetuoso nunca está de más y crea un ambiente más amable.
    • Sé generoso. Ya sea tiempo, atención o recursos, dar con generosidad crea una conexión más profunda y sincera.
    • No intentes agradar a todos. No encajarás con todo el mundo y eso es natural. Enfócate en quienes realmente suman a tu camino.
    • Sé asertivo. Decir «no» también es una forma de cuidarte. La asertividad te permite proteger tu bienestar sin herir a los demás.
    • Elige bien con quién te rodeas. Tu tiempo y energía son limitados. Invierte en quienes te hacen sentir bien y con quienes puedes ser tú misma.

    Cuando nuestros vínculos son sanos, la vida se siente más liviana. Rodearte de personas que te valoran y con quienes puedes crecer es una forma de bienestar que no se compra ni se improvisa: se construye cada día.

    De nuestras interacciones con amigos, familiares y desconocidos, surgen gran parte de la alegrías que experimentamos a lo largo de los años. Según Marcos Cartagena, las relaciones se pueden clasificar en dos grandes grupos: las relaciones personales y las relaciones en comunidad.

    7. Principios

    En la cultura japonesa, valores como el respeto, la humildad, la honestidad y la gratitud no son solo virtudes individuales, sino cimientos sobre los que se construye la convivencia. Aunque estos principios existen en muchas partes del mundo, en Japón se practican de forma más transversal, como parte del tejido social y no únicamente como una opción personal.

    Adoptar principios sólidos no implica rigidez, sino tener una brújula interna que guíe nuestras decisiones, incluso cuando nadie está mirando. Actuar con integridad, no por obligación ni por miedo a las consecuencias, sino porque creemos en lo correcto, es lo que da profundidad y coherencia a nuestra forma de vivir.

    Los principios universales son atemporales. No dependen de modas ni de contextos específicos. Cuando los integramos en nuestra vida diaria, nos ayudan a tomar mejores decisiones, fortalecer nuestras relaciones y sentirnos más en paz con nosotros mismos. Este pilar nos invita a vivir de forma más consciente y alineada con valores que trascienden el beneficio propio.

    8. Ikigai

    El ikigai es aquello que te impulsa a levantarte cada mañana con motivación. En Okinawa, muchas personas aseguran que tener claro este propósito influye en su bienestar y longevidad.

    Descubrirlo requiere introspección. Un buen punto de partida es hacerse tres preguntas clave: ¿qué disfrutas hacer?, ¿en qué destacas?, ¿qué puedes ofrecer a los demás? Cuando encuentras el cruce entre estas respuestas, comienzas a trazar tu camino. Nombrarlo y ponerlo en práctica es lo que permite que empiece a tomar forma en lo cotidiano.

    Cuando logras alinear eso que te mueve con tu trabajo o tus actividades principales, todo fluye con mayor naturalidad. No se trata solo de encontrar una pasión, sino de vivir desde ella.

    Eso sí, hay obstáculos frecuentes: distracciones, exceso de compromisos, ocio sin control o una mala organización del tiempo pueden hacer que pierdas el enfoque. Incluso algo tan simple como dormir más de lo necesario puede volverse una forma de evasión.

    No hay que esperar a tener todo resuelto para empezar. El mejor momento para buscar tu ikigai es ahora. Para Marcos Cartagena, fue una experiencia difícil la que lo llevó a descubrirlo y a partir de ahí desarrolló el sistema Hanasaki, como una guía para quienes también quieren vivir con intención y plenitud.

    9. Actitud

    Más allá de lo que nos sucede, lo que en realidad marca la diferencia es cómo decidimos enfrentarlo. La actitud es esa elección consciente que adoptamos frente a cada experiencia, ya sea favorable o desafiante.

    De acuerdo con Marcos Cartagena, este pilar no se trata de forzar una sonrisa ni de negar lo que duele, sino de posicionarnos de manera constructiva frente a las circunstancias. Tener una buena actitud no significa ser optimista todo el tiempo, sino desarrollar la capacidad de responder con entereza, flexibilidad y apertura.

    Cada situación trae consigo una oportunidad para decidir cómo reaccionar. En esa elección está la clave de nuestra satisfacción, resiliencia y bienestar emocional. La actitud es lo único que siempre está en nuestras manos, incluso cuando todo lo demás escapa a nuestro control.

    Cultivar una postura mental que favorezca el aprendizaje, la adaptación y la calma no solo mejora nuestras decisiones, sino que también transforma la forma en que vivimos. En definitiva, no se trata solo de lo que ocurre, sino de lo que hacemos con eso.

    Un sistema para ser feliz y vivir mejor

    El sistema Hanasaki no es una fórmula mágica ni un conjunto de reglas rígidas. Es una invitación a vivir con más intención, equilibrio y propósito. Cada uno de sus pilares ofrece herramientas concretas para fortalecer lo que somos y cómo nos relacionamos con el mundo.

    Al integrar estos principios en lo cotidiano, no solo cultivamos hábitos más sanos o vínculos más genuinos, sino que nos acercamos a una vida más alineada con lo que realmente importa. Una vida en la que cuerpo, mente y espíritu caminan en la misma dirección.

    No se trata de cambiarlo todo de golpe, sino de comenzar por lo posible: hacer espacio para lo esencial, cuidar de uno mismo, valorar a quienes nos rodean y buscar aquello que nos enciende por dentro. Porque cuando vivimos desde ese lugar, no solo vivimos más… vivimos mejor.